Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Venga!
¡Qué desgracia! ¡Ahà viene Roman!
Menuda paliza me va a dar.
Y a usted, señor Fomá,
no le espera nada mejor.
(De una comedia ucraniana).
—¡Por aquÃ, Afanasi Ivánovich! En este punto la valla es más baja. Levante la pierna y no se asuste: el imbécil de mi marido se ha ido a pasar la noche bajo el carro con su compadre para evitar que un moskal aproveche la ocasión y se lleve alguna cosa.
Ésos eran los ánimos que la terrible compañera de Cherevik prodigaba con voz amable al hijo del pope, que examinaba temeroso la cerca; al cabo de un rato trepó a lo alto de la valla y permaneció un buen rato allá arriba, con aire perplejo, como un largo y terrible fantasma, mientras buscaba con la mirada un buen lugar para saltar; finalmente cayó ruidosamente entre la maleza.
—¡Qué desgracia! ¿No se habrá hecho usted daño? ¿No se habrá roto el cuello? ¡Dios mÃo! —balbuceaba la diligente Jivria.
—¡Silencio! No es nada, no es nada, querida Javronia NikÃforovna —exclamó el hijo del pope con voz susurrante y lastimera, poniéndose en pie—, a no ser el sarpullido causado por las ortigas, esa planta viperina, como decÃa el difunto arcipreste.
