Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Por el patio rodó un tonel de hidromiel y se sirvieron no pocos cubos de vino griego. Las gentes recobraron la alegría. Los músicos empezaron a tocar; las muchachas, las mozas y los gallardos cosacos, vestidos con caftanes de colores vivos, se pusieron a bailar. Los viejos nonagenarios y centenarios, que habían bebido más de la cuenta, ejecutaron también algunos pasos de baile, recordando una juventud bien empleada. Los festejos se prolongaron durante toda la noche; celebraciones así ya no se ven. Los invitados empezaron a dispersarse, pero pocos se fueron a sus casas: muchos decidieron pasar la noche en el amplio patio del esaúl; y más numerosos aún fueron los cosacos que, de una forma u otra, se quedaron dormidos bajo los bancos, en el suelo, junto a sus caballos, cerca del establo: cuando la embriaguez hacía tambalear la cabeza de un cosaco, éste se tumbaba allí mismo y empezaba a roncar con tanta fuerza que se le oía en todo Kiev.
Una dulce claridad se extendía por el mundo entero: la luna se asomaba por detrás de la montaña. Una suerte de preciosa muselina de Damasco, blanca como la nieve, cubría la escarpada ribera del Dniéper, alejando las sombras hacia el interior del bosque de pinos.
