Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La hacienda del señor Danilo se encuentra entre dos montañas, en un estrecho valle que desciende hasta el Dniéper. La morada no tiene techos altos; a primera vista, parece una simple jata de cosaco; sólo dispone de una gran pieza, pero en ella hay espacio suficiente para él, su esposa, una vieja criada y una decena de jóvenes escogidos. En la parte superior de las paredes hay anaqueles de roble, donde se amontonan ollas y escudillas para la mesa. Entre ellas destacan cubiletes de plata y copas guarnecidas de oro, recibidas como presentes u obtenidas como botín de guerra. En la parte baja cuelgan valiosos mosquetes, sables, arcabuces y lanzas. Esas armas las había tomado, de fuerza o de grado, a tártaros, turcos y polacos: por algo estaban tan melladas. Cuando las mira, el señor Danilo encuentra en sus marcas puntuales recuerdos de sus combates. En la parte baja de la pared hay lisos bancos de roble, tallados a hacha. Junto a ellos, delante de la yacija, una cuna pende de una anilla fijada al techo. En toda la pieza el suelo es de arcilla, cuidadosamente alisada y apisonada. En los bancos duermen el señor Danilo y su mujer y en la yacija la vieja criada. En la cuna se divierte y se mece la pequeña criatura, mientras los muchachos pasan la noche apelotonados en el suelo. Pero el cosaco duerme mejor al raso, sobre la tierra dura; no necesita edredón ni colchones de plumas; coloca bajo la cabeza heno recién cortado y se tiende a sus anchas en la hierba. Si se despierta en medio de la noche, le gusta mirar el profundo cielo, sembrado de estrellas, y estremecerse con el frío de la noche, que refresca sus huesos de cosaco. Estirándose y murmurando entre sueños, enciende su pipa y se arrebuja aún más bajo su cálida pelliza.
