Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Amaneció un día sin sol; el cielo estaba sombrío y una fina llovizna caía sobre los campos, los bosques y el anchuroso Dniéper. La señora Katerina se despertó con una sensación de tristeza: tenía los ojos arrasados en lágrimas y su alma estaba inquieta y turbada.
—¡Mi marido querido, mi dulce marido, he tenido un sueño muy extraño!
—¿Qué sueño, mi amada señora Katerina?
—Lo que he soñado era tan raro y tan vivo que parecía real. He soñado que mi padre era el monstruo que vimos en casa del esaúl. Pero te pido que no concedas valor a esa visión. ¡Cuántas tonterías soñamos a veces! Estaba delante de él, temblaba, tenía miedo y a cada palabra suya mis entrañas se estremecían. Si hubieras oído lo que me decía…
—¿Qué te decía, mi amada Katerina?
—Me decía: «Mírame, Katerina, soy hermoso. La gente se equivoca al decir que soy feo. Seré para ti un excelente marido. ¡Fíjate cómo te miran mis ojos!». Y tras pronunciar esas palabras, me contempló con ojos ardientes y yo me desperté con un grito.
