Las Veladas de Dikanka

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IV

Amaneció un día sin sol; el cielo estaba sombrío y una fina llovizna caía sobre los campos, los bosques y el anchuroso Dniéper. La señora Katerina se despertó con una sensación de tristeza: tenía los ojos arrasados en lágrimas y su alma estaba inquieta y turbada.

—¡Mi marido querido, mi dulce marido, he tenido un sueño muy extraño!

—¿Qué sueño, mi amada señora Katerina?

—Lo que he soñado era tan raro y tan vivo que parecía real. He soñado que mi padre era el monstruo que vimos en casa del esaúl. Pero te pido que no concedas valor a esa visión. ¡Cuántas tonterías soñamos a veces! Estaba delante de él, temblaba, tenía miedo y a cada palabra suya mis entrañas se estremecían. Si hubieras oído lo que me decía…

—¿Qué te decía, mi amada Katerina?

—Me decía: «Mírame, Katerina, soy hermoso. La gente se equivoca al decir que soy feo. Seré para ti un excelente marido. ¡Fíjate cómo te miran mis ojos!». Y tras pronunciar esas palabras, me contempló con ojos ardientes y yo me desperté con un grito.


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