Las Veladas de Dikanka

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—¡Es extraño, señora! —continuó Danilo, cogiendo la jarra de arcilla que le tendía el cosaco—. Incluso esos descreídos católicos son aficionados al vodka. Los turcos son los únicos que no beben. Y qué, Stetsko, ¿has bebido mucho hidromiel en la bodega?

—¡Sólo lo he probado, señor!

—¡Mientes, hijo de perra! ¡Mira cómo las moscas revolotean en torno a tus bigotes! Veo en tus ojos que has vaciado medio cubo. ¡Ah, estos cosacos! ¡Qué pueblo valiente! Harán lo que sea por un camarada, pero cuando se trata de beber no tienen necesidad de nadie. Me parece, señora Katerina, que hace mucho tiempo que no me emborracho, ¿no es así?

—¿Hace mucho tiempo? ¿Y aquella vez?…

—¡No temas, no temas, no beberé más que una jarra! ¡Vaya, el abad turco entra por la puerta! —murmuró entre dientes, viendo que su suegro se inclinaba para atravesar el umbral.

—¿Qué es esto, hija mía? —exclamó el padre, quitándose el gorro y ajustándose el cinturón, del que colgaba un sable guarnecido de piedras preciosas—. El sol ya está alto en el cielo y todavía no has preparado la comida.


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