Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Al hijo del pope se le atragantó el buñuelo… Sus ojos parecieron salirse de sus órbitas, como si acabara de recibir la visita de un habitante del otro mundo.
—¡Métase aquÃ! —gritó asustada Jivria, mostrándole unas tablas levantadas sobre dos travesaños, a pocos centÃmetros del techo, en las que se amontonaban toda clase de enseres domésticos.
La proximidad del peligro dio ánimos a nuestro héroe. Una vez recuperada la serenidad, saltó sobre el poyo de la estufa y desde allà trepó con precaución hasta las planchas. Mientras tanto, Jivria corrÃa como una loca hasta la puerta, pues los golpes resonaban cada vez con mayor fuerza e impaciencia.
¡Pero Señor, qué milagros suceden aquÃ!
(De una comedia ucraniana).
