Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El señor Danilo tiene encerrado al brujo en un profundo sótano, atado con cadenas de hierro y bajo un triple candado; en la lejanía, por encima del Dniéper, las llamas devoran su castillo diabólico: olas rojas como la sangre envuelven y lamen sus viejos muros. El brujo no ha sido encerrado en el profundo sótano por sus actos de brujería y sus sacrilegios. Esos crímenes debe juzgarlos Dios. Ha sido condenado por su traición secreta, por su entendimiento con los enemigos de la tierra ortodoxa rusa, por vender al pueblo ucraniano a los católicos y prender fuego a las iglesias cristianas. El brujo tiene un aspecto sombrío; los pensamientos que alberga su cabeza son negros como la noche. Sólo le queda una jornada de vida, pues al día siguiente tendrá que despedirse del mundo. Al día siguiente debe subir al cadalso. Y el suplicio que le espera no es pequeño: saldría bien parado si le cocieran vivo en un caldero o despellejaran su cuerpo de pecador. El brujo tiene un aire sombrío y mantiene la cabeza baja. Quizás, viendo próxima la hora fatal, se ve asaltado por el arrepentimiento, pero sus pecados son de los que Dios no puede perdonar. Delante de él, en lo alto de la celda, hay una estrecha ventana con unos barrotes de hierro. Haciendo sonar sus cadenas, el brujo se acerca a la ventana con la esperanza de ver pasar a su hija. Es una mujer dulce como una paloma y no conoce el rencor; quizás se apiade de su padre… Pero el lugar está desierto. El camino desciende por la ladera; nadie transita por él. Más abajo, las aguas del Dniéper pasan alegres, sin preocuparse de nadie, arremolinándose y levantando un monótono rumor que atormenta al prisionero.
