Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Le he dejado salir —exclamó asustada, mirando con terror los muros—. ¿Qué le voy a decir a mi marido? Estoy perdida. ¡Sólo me queda enterrarme viva en una tumba! —la joven estalló en sollozos y se dejó caer sobre el tocón en el que se sentaba el prisionero—. No obstante, si he salvado un alma —se dijo en voz baja—, he realizado una buena acción. Pero mi marido… Es la primera vez que le engaño. ¡Oh, qué terrible, qué difÃcil me será decirle una mentira! ¡Alguien viene! ¡Es él! ¡Mi marido! —gritó desesperada, y cayó al suelo sin sentido.
—¡Soy yo, mi querida niña! ¡Soy yo, corazón mÃo! —oyó Katerina cuando recuperó el conocimiento, y vio ante ella a su vieja sirvienta. La mujer se inclinó y pareció murmurarle algunas palabras, mientras con su descarnada mano la rociaba con agua frÃa.
—¿Dónde estoy? —preguntó Katerina, incorporándose y mirando a su alrededor—. Delante de mà se agita el Dniéper y detrás se encuentran las montañas… ¿Adónde me has traÃdo, mujer?
—No te he traÃdo, sino que te he salvado: te he sacado en mis brazos de ese sofocante sótano y he cerrado la puerta con llave para que el señor Danilo no se enfade contigo.
—¿Dónde está la llave? —preguntó Katerina, mirando su cinturón—. No la veo.
