Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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IX

El señor Danilo está en su habitación, acodado sobre la mesa, y reflexiona. La señora Katerina reposa sobre la yacija y entona una canción.

—¡Qué tristeza siento, esposa mía! —exclamó el señor Danilo—. Me duele la cabeza, me duele el corazón. ¡La pesadumbre oprime mi pecho! Por lo visto la muerte me está rondando.

«¡Oh, mi amado esposo! ¡Apoya tu cabeza en mi hombro! ¿Por qué acoges en tu seno esos negros pensamientos?», pensó Katerina, pero no se atrevió a pronunciar esas palabras. Un sentimiento de culpabilidad la atormentaba al recibir las caricias de su marido.

—¡Escucha, esposa mía! —dijo Danilo—. Cuida bien de nuestro hijo cuando yo falte. Que Dios no te conceda felicidad ni en este mundo ni en el otro si lo abandonas. Mis huesos sufrirán cuando se pudran en la tierra húmeda, pero más sufrirá mi alma.

—¿Qué estás diciendo, esposo mío? ¿No eras tú el que te burlabas de nosotras, débiles mujeres? Y ahora tú mismo hablas como una débil mujer. Todavía te quedan muchos años por delante.


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