Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Cálmate, mi querida hermana! —decÃa el viejo esaúl Gorobets—. Los sueños rara vez dicen la verdad.
—¡Tiéndete, hermanita! —decÃa su joven nuera—. Voy a llamar a una vieja hechicera; no hay fuerza que se le resista. Ella verterá el perepoloj.
—¡No temas nada! —decÃa el hijo del esaúl, poniendo la mano en el pomo del sable—. Nadie te hará daño.
Katerina los miraba a todos con ojos sombrÃos y turbios y no sabÃa qué decir: «Yo misma me he labrado mi desgracia. Fui yo quien le dejó escapar», pensaba; finalmente exclamó:
—¡No me da un instante de paz! Hace ya diez dÃas que estoy con vosotros en Kiev y mi dolor no ha disminuido ni un ápice. Pensaba que aquà al menos encontrarÃa el reposo para criar a mi hijo y prepararlo para la venganza… ¡Pero ha aparecido en mi sueño con un aspecto horrible, horrible! ¡Dios os libre de verlo! Mi corazón todavÃa sigue alterado. «Si no te casas conmigo, Katerina —gritaba—, mataré a tu hijo» —y estallando en sollozos, se precipitó sobre la cuna, donde el asustado niño tendÃa sus manos y gritaba.
Al escuchar esas palabras, el hijo del esaúl temblaba de cólera, hervÃa de ira. El mismo esaúl Gorobets también se enfureció:
