Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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XI

—¡Cálmate, mi querida hermana! —decía el viejo esaúl Gorobets—. Los sueños rara vez dicen la verdad.

—¡Tiéndete, hermanita! —decía su joven nuera—. Voy a llamar a una vieja hechicera; no hay fuerza que se le resista. Ella verterá el perepoloj.

—¡No temas nada! —decía el hijo del esaúl, poniendo la mano en el pomo del sable—. Nadie te hará daño.

Katerina los miraba a todos con ojos sombríos y turbios y no sabía qué decir: «Yo misma me he labrado mi desgracia. Fui yo quien le dejó escapar», pensaba; finalmente exclamó:

—¡No me da un instante de paz! Hace ya diez días que estoy con vosotros en Kiev y mi dolor no ha disminuido ni un ápice. Pensaba que aquí al menos encontraría el reposo para criar a mi hijo y prepararlo para la venganza… ¡Pero ha aparecido en mi sueño con un aspecto horrible, horrible! ¡Dios os libre de verlo! Mi corazón todavía sigue alterado. «Si no te casas conmigo, Katerina —gritaba—, mataré a tu hijo» —y estallando en sollozos, se precipitó sobre la cuna, donde el asustado niño tendía sus manos y gritaba.

Al escuchar esas palabras, el hijo del esaúl temblaba de cólera, hervía de ira. El mismo esaúl Gorobets también se enfureció:


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