Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Lejos de las tierras ucranianas, más allá de Polonia e incluso de la populosa ciudad de Lemberg, se suceden hileras de montañas de elevadas cumbres. Como cadenas de piedra, rechazan la tierra a derecha e izquierda y la recubren de una pétrea coraza para cerrar el paso al tempestuoso y embravecido mar. Las cadenas de piedra se extienden hasta Valaquia y Transilvania, y su mole en forma de herradura se alza entre los pueblos galitziano y húngaro. En nuestras tierras no hay montañas semejantes. El ojo no se atreve a contemplarlas; algunas de sus cumbres jamás han sido holladas por el hombre. Su aspecto es extraño: ¿no será que el mar desafiante, desbordando un día de tormenta sus vastas costas, lanzó en un torbellino sus monstruosas olas, y éstas, una vez petrificadas, quedaron inmóviles en el aire? ¿No se habrán desprendido del cielo algunas pesadas nubes y se habrán acumulado sobre la tierra? Pues tienen el mismo color gris que las nubes y sus blancas cumbres brillan y relucen a la luz del sol. Hasta los Cárpatos se oye hablar la lengua rusa, e incluso más allá de las montañas, en algún que otro lugar, se percibe como un eco de nuestro idioma natal; pero más allá la fe ya no es la misma ni tampoco la lengua. Allí viven los húngaros, pueblo populoso: montan a caballo, manejan el sable y beben tan bien como los cosacos; además, cuando se trata de comprar arneses y ricos caftanes, no escatiman los doblones de su bolsa. Entre las montañas hay lagos grandes y vastos, que se mantienen inmóviles como cristal y lo mismo que espejos reflejan las desnudas cumbres de las montañas y sus verdes laderas.
