Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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XIII

—¡Silencio, mujer! No hagas tanto ruido. Mi niño se ha quedado dormido. Ha estado un buen rato gritando, pero ahora duerme. ¡Voy a ir al bosque, mujer! Pero ¿por qué me miras así? ¡Me das miedo! Te salen de los ojos unas tenazas de hierro… ¡Ah, qué largas son! ¡Y brillan como el fuego!

¡Debes ser una bruja! ¡Si es así, desaparece de aquí! Me robarás a mi hijo. ¡Qué estúpido es este esaúl! Piensa que me gusta vivir en Kiev. No, aquí están mi marido y mi hijo, pero ¿quién cuidará de la jata? Me he movido con tanto sigilo que ni el gato ni el perro me han sentido salir. ¿Quieres volverte joven, mujer? Es muy fácil: no tienes más que bailar. Mira cómo bailo yo… —Y tras pronunciar esas incoherentes palabras, Katerina, con las manos en las caderas, se puso a bailar, dirigiendo a uno y otro lado miradas de loca. Sin dejar de gritar, empezó a zapatear sin medida ni compás, mientras las hebillas de plata de sus botas tintineaban. Sus negras trenzas desanudadas flotaban sobre su blanco cuello. Como un pájaro, volaba sin parar, agitando los brazos y moviendo la cabeza; parecía como si de un momento a otro, agotadas todas sus fuerzas, fuera a caer desplomada o a elevarse sobre la tierra.


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