Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El hombre forcejeó con ella durante un buen rato, tratando de arrancarle el cuchillo. Finalmente se lo arrebató, alzó el brazo y se consumó un hecho terrible: el padre mató a su hija demente.
Los sorprendidos cosacos quisieron atraparlo, pero el brujo había saltado sobre su caballo y se perdía ya de vista.
Más allá de Kiev tuvo lugar un prodigio inaudito. Todos los señores y los hetmanes se habían reunido para admirarlo: de pronto se habían vuelto visibles los más remotos confines de la tierra. A lo lejos destacaban las olas azules del Liman y más allá se extendía el Mar Negro. Aquellos que habían visto mucho mundo reconocieron incluso Crimea, emergiendo cual montaña del mar, y el cenagoso Sivash. A la izquierda se veía la tierra de Galitzia.
—Y eso, ¿qué es? —preguntaban las gentes reunidas a los viejos, señalando unas cumbres grises y blancas, semejantes a nubes, que se recortaban a lo lejos en el cielo.
—¡Son los montes Cárpatos! —decían los viejos—. Allí hay montañas con nieves perpetuas, en las que las nubes se posan para pernoctar.
