Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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XV

Un ermitaño, solo en su cueva, estaba sentado ante la lámpara y no apartaba los ojos de un libro sagrado. Llevaba muchos años recluido en esa caverna. Se había construido un ataúd de tablas que le servía de lecho. El santo anciano cerró el libro y se puso a orar… De pronto entró corriendo un hombre de aspecto extraño y terrible. El santo ermitaño, desconcertado por primera vez en su vida, retrocedió al ver a ese hombre. El desconocido temblaba como una hoja; sus ojos miraban despavoridos y despedían un fuego terrible y pavoroso; su rostro monstruoso estremecía el alma.

—¡Padre, reza! ¡Reza! —gritó desesperado—. ¡Reza por un alma condenada! —y se desplomó sobre el suelo.

El santo ermitaño se santiguó, cogió el libro y lo abrió, pero, presa del terror, lo dejó y retrocedió.

—¡No, pecador empedernido! ¡No hay perdón para ti! ¡Vete de aquí! ¡No puedo rezar por ti!

—¿No? —gritó el pecador fuera de sí.

—Mira: las santas letras del libro se han cubierto de sangre. ¡Nunca ha habido en el mundo un pecador como tú!

—¡Padre, te estás burlando de mí!

—¡Vete de aquí, maldito pecador! No me estoy burlando de ti. Me siento dominado por el miedo. ¡Tu compañía no es recomendable para nadie!


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