Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En la ciudad de Glújov un grupo de gente se había reunido alrededor de un viejo bandurrista ciego y llevaba ya una hora oyéndole tocar. Nunca nadie había tocado tan bien la bandurria ni había cantado canciones tan maravillosas. Primero había evocado los viejos tiempos de los hetmanes, de Sagaidachni y de Jmelnitski. Aquélla era otra época: los cosacos conocían días de gloria, aplastaban a los enemigos con sus caballos y nadie se atrevía a burlarse de ellos. El viejo también cantaba canciones alegres y miraba a las gentes como si las viera, mientras los dedos, cubiertos en sus extremos con dedales de hueso, volaban como moscas por encima de las cuerdas, dando la impresión de que éstas tocaban solas. Las personas que le rodeaban ni siquiera se atrevían a murmurar; los viejos permanecían con la cabeza baja y los jóvenes levantaban los ojos hacia el anciano.
—¡Esperad! —exclamó el viejo—. Voy a contaros una historia que sucedió en tiempos muy remotos.
La gente se aproximó aún más y el viejo empezó a cantar.
