Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka »Los dos caballeros se dirigían a las tierras otorgadas por el rey, al otro lado de los Cárpatos. El cosaco Iván había sentado a su hijo a sus espaldas y lo había atado a su cintura. Cayó la noche, pero ellos seguían cabalgando. El niño se quedó dormido y el propio Iván empezó a dormitar. ¡No te duermas, cosaco, en la montaña los senderos están llenos de peligros!… Pero el cosaco tiene un caballo que siempre encuentra el camino, nunca tropieza ni da un paso en falso. Entre las montañas hay un precipicio cuyo fondo nadie ha visto jamás; la distancia que hay hasta su entraña es la misma que separa el cielo de la tierra. Al borde mismo de ese precipicio discurre un camino por el que quizás pudieran pasar dos personas al mismo tiempo, pero no tres. El caballo del cosaco adormilado avanzaba con cuidado. A su lado iba Pietro, temblando de alegría y reteniendo el aliento. Miró a su alrededor y empujó a su hermano adoptivo al precipicio. El caballo, el cosaco y el niño se precipitaron al abismo.