Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Esta historia tiene su propia historia: nos la contó Stepán Ivánovich Kúrochka, que había venido de Gadiach. Debo decirles que tengo una pésima memoria: poco importa que me digan una cosa o que no me la digan. Es lo mismo que pasar agua por un tamiz. Conociendo ese defecto mío, le pedí que me escribiera el relato en un cuaderno. Ese hombre siempre ha sido bueno conmigo, que Dios le dé salud, y accedió a copiarlo. Lo guardé en la mesilla; seguro que la conoce usted: es esa que se ve en el rincón nada más entrar… Pero he olvidado que usted no ha estado nunca en mi casa. Mi vieja, con la que llevo viviendo treinta años, no sabe leer ni escribir; para qué vamos a ocultar ese pecado. Un día advertí que para cocer los pasteles usaba unas hojas de papel. Prepara unos pasteles estupendos, estimados lectores; no los hay mejores en el mundo. En cierta ocasión miré debajo de los pasteles y vi unas palabras escritas. Tuve un presentimiento y me acerqué a la mesilla: ¡la mitad del cuaderno había desaparecido! Las hojas restantes las había utilizado para preparar los pasteles. ¿Qué podía hacer? ¡No va uno a pelearse en los tiempos de la vejez!
El año pasado tuve que pasar por Gadiach. Antes incluso de llegar a la ciudad, había hecho un nudo en el pañuelo para no olvidarme de pedirle la historia a Stepán Ivánovich.
