Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En el camino no sucedió nada extraordinario. El viaje duró algo menos de dos semanas. Quizás Iván Fiódorovich podrÃa haber llegado antes, pero el piadoso judÃo no trabajaba los sábados y pasaba el dÃa entero rezando bajo una manta. No obstante, como ya he tenido ocasión de señalar, Iván Fiódorovich era una persona que no se dejaba ganar por el aburrimiento. En esas ocasiones abrÃa la maleta, sacaba la ropa interior, examinaba si estaba bien lavada y bien planchada, quitaba con cuidado una mota de polvo del uniforme nuevo, cosido ya sin charreteras, y volvÃa a colocarlo todo de la mejor manera posible. Puede decirse que no era muy aficionado a la lectura; y si a veces abrÃa su libro de adivinaciones era sólo porque le gustaba encontrar unas palabras que, a fuerza de haberlas leÃdo muchas veces, le resultaban conocidas. Actuaba como el ciudadano que se dirige todos los dÃas al casino, no con la esperanza de escuchar algo nuevo, sino para reunirse con unos amigos con los que está acostumbrado a charlar desde tiempos inmemoriales; como el funcionario que lee con fruición la guÃa de direcciones varias veces al dÃa, no en virtud de ningún motivo diplomático, sino porque le entretiene sobremanera ver una lista de nombres impresos. «¡Ah, Iván GavrÃlovich!», repite para sÃ. «¡Ah! ¡Ahà estoy yo! ¡Hum!». Y en cuanto se le presenta una nueva oportunidad vuelve a leerla con las mismas exclamaciones.
