Las Veladas de Dikanka

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IV. EL ALMUERZO

A la hora del almuerzo Iván Fiódorovich entró en la aldea de Jórtische y se aproximó, un poco intimidado, a la casa señorial. Era una construcción larga y no tenía la techumbre de cañas, como la mayoría de las casas señoriales de los alrededores, sino de madera. En el patio había dos graneros también con techo de madera; la cancela era de roble. Iván Fiódorovich se sentía como un petimetre que asiste a un baile y comprueba que todas las personas que le rodean visten con mayor elegancia que él. Por respeto, detuvo su carricoche junto a un granero y se dirigió a pie a la escalera principal.

—¡Ah, Iván Fiódorovich! —gritó el gordo Grigori Grigórievich, que paseaba por el patio vestido con levita, aunque sin corbata, chaleco ni tirantes. No obstante, incluso ese atuendo debía de pesar a su ancha y obesa figura, pues el sudor le caía a chorros—. Me dijo usted que vendría en cuanto viera a su tía, pero hasta el día de hoy no se ha dignado pasar por aquí —y a continuación los labios de Iván Fiódorovich se encontraron con los almohadones ya conocidos.

—Estoy muy ocupado con la hacienda… Sólo me quedaré un minuto; en realidad, vengo a hablarle de un asunto…


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