Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pero el que más hablaba y se movÃa era Iván Ivánovich. Convencido de que nadie le molestarÃa ni le interrumpirÃa, hablaba de los pepinillos y de la manera de sembrar las patatas, se referÃa a la cantidad de gente sensata que habÃa en el pasado - ¡nada que ver con la época actual! —y comentaba que, a medida que pasaba el tiempo, las gentes se volvÃan más listas e inventaban cosas más ingeniosas. En una palabra, era una de esas personas que se deleitan con los placeres de la conversación y os hablan de cualquier tema. Si la conversación se ocupaba de asuntos importantes o piadosos, Iván Ivánovich suspiraba después de cada palabra, inclinando levemente la cabeza; si se abordaban cuestiones domésticas, sacaba la cabeza de su carruaje y hacÃa tales gestos que ellos solos bastaban para explicar cómo se preparaba el levas de pera, cuál era el tamaño de los melones de los que hablaba y qué grasientos eran los pavos que correteaban por su patio.
Finalmente, al precio de grandes esfuerzos, Iván Fiódorovich consiguió despedirse al atardecer. A pesar de su carácter conciliador y de que le solicitaban encarecidamente que pasara allà la noche, se mantuvo firme en su decisión de marcharse y se marchó.
—¿Y bien? ¿Has conseguido sacarle a ese viejo truhán la escritura de donación?
