Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Se fue a la cama más pronto de lo habitual, pero a pesar de sus esfuerzos no pudo quedarse dormido. Finalmente, el anhelado sueño, ese consuelo universal, le visitó; pero ¡qué sueño! Nunca había tenido unas visiones tan incoherentes. Al principio soñó que a su alrededor todo giraba y rugía, mientras él corría con todas sus fuerzas. Estaba a punto de caer extenuado cuando alguien le cogía por una oreja. «¡Ay! ¿Quién es?». «¡Soy yo, tu mujer!», le decía una poderosa voz. Y él entonces se despertaba. Luego se imaginó que estaba ya casado; todo en la casa se le antojaba raro, sorprendente; en su habitación, en lugar de una cama sencilla, había otra doble. Su mujer estaba sentada en una silla. Una sensación de extrañeza se apoderó de él. No sabía cómo acercarse a ella ni qué decirle; de pronto advirtió que tenía cara de ganso. Casualmente volvió la cabeza y vio a otra esposa, también con cara de ganso. Volvió a girarse y vio a una tercera esposa. Se dio la vuelta y apareció otra más. Presa de la angustia, salió corriendo al jardín, pero allí hacía mucho calor. Se quitó el sombrero y vio que en su interior estaba la esposa. Su rostro se cubrió de sudor. Quiso sacar un pañuelo del bolsillo, pero allí encontró a la esposa; sacó de su oreja un trozo de algodón y en él iba la esposa… De pronto se puso a saltar a la pata coja, y su tía, al verlo, le dijo con aire grave: «Sí, tienes que saltar porque ahora eres un hombre casado». Trató de acercarse a ella, pero la tía se convirtió en un campanario. Sintió que alguien lo arrastraba hacía allí, tirando de él con una cuerda. «¿Quién me arrastra?», preguntó Iván Fiódorovich con voz plañidera. «Soy yo, tu mujer; te arrastro porque eres una campana». «No, no soy una campana; soy Iván Fiódorovich», gritó. «Sí, eres una campana», dijo el coronel del regimiento de infantería de P***, pasando junto a él. De pronto empezó a soñar que su esposa no era un ser humano, sino una especie de paño de lana. Estaba en Moguiliov y entraba en una tienda. «¿Qué tela desea?», decía el comerciante. «Llévese una esposa, está de moda y es un género muy bueno. Es el que eligen todos para hacerse las levitas». El comerciante midió y cortó una esposa. Iván Fiódorovich se la puso debajo del brazo y se dirigió a la tienda de un sastre judío. «No», le dijo éste. «¡Es una tela muy mala! Nadie la usa para hacerse las levitas…».