Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Eh! Tss… ¡Ésta si que es buena!
Entornó los ojos para ver mejor; el lugar no le parecÃa del todo desconocido: a un lado habÃa un bosque, detrás del cual despuntaba una vara que se internaba a gran altura en el cielo. ¡Qué cosa tan rara! ¡Si era el palomar que tenÃa el pope en el huerto! Al otro lado destacaba una extensión gris. La miró con mayor atención y advirtió que se trataba de la era del secretario provincial. ¡Adónde lo habÃa llevado la fuerza impura! Tras deambular por el paraje, se topó con un sendero. No habÃa luna; sólo se vislumbraba una mancha blanca detrás de las nubes. «Mañana hará mucho viento», pensó mi abuelo. De pronto, a un lado del camino, vio una vela encendida sobre una tumba.
—¡Vaya! —el abuelo se detuvo, puso las manos en la cintura y examinó el lugar: la vela se apagó; un poco más lejos se encendió otra—. ¡Un tesoro! —gritó el abuelo—. ¡Apuesto lo que sea a que es un tesoro! —y ya se habÃa escupido en las manos para empezar a cavar, cuando reparó en que no tenÃa pala ni azada—. ¡Ah, qué pena! Quién sabe si hubiera bastado con levantar el césped para encontrar el tesoro. Lo único que puedo hacer es señalar el lugar para no olvidarme.