Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¿Con paja?

En ese momento Cherevik quiso tirar de las riendas para sacar a la mula y demostrar la mentira del desvergonzado calumniador, pero su mano le obedeció con una ligereza extraordinaria y acabó golpeando su mentón. Volvió la mirada y vio que alguien había cortado las riendas y había atado a ellas —¡oh, horror!, los pelos se le pusieron de punta— un pedazo de manga de una casaca roja… Escupiendo, santiguándose y agitando los brazos, se alejó corriendo de aquel regalo inesperado y, con mayor rapidez que un muchacho joven, desapareció entre la multitud.

XI

Por mi propio trigo me pegaron.

(Proverbio).

—¡Cogedle! ¡Cogedle! —gritaron algunos muchachos al fondo de una estrecha calle, y Cherevik se sintió de pronto aferrado por robustas manos.

—¡Atrapadle! Le ha robado la mula a un hombre honrado.

—¡Pero por Dios! ¿Por qué me sujetáis?

—¡Y todavía lo pregunta! ¿Por qué has robado la mula de Cherevik, un campesino que está de paso?

—¡Os habéis vuelto locos, muchachos! ¿Dónde se ha visto que un hombre se robe a sí mismo?

—¡No nos vengas con cuentos! ¿Por qué corrías con todas tus fuerzas, como si Satanás te pisara los talones?


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