Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Es imposible no correr cuando esa prenda satánica…
—¡Vamos, hermano! Vete a otros con esa historia. Además, ya te va a enseñar el asesor a asustar a las gentes con esos rumores sobre el diablo.
—¡Cogedle! ¡Cogedle! —gritó alguien en el otro extremo de la calle—. ¡Allà está el fugitivo!
Ante los ojos de nuestro Cherevik apareció la figura del compadre en un estado lamentable; llevaba las manos atadas a la espalda y era conducido por algunos jóvenes.
—¡Están ocurriendo prodigios extraordinarios! —dijo uno de ellos—. TendrÃais que haber oÃdo lo que cuenta este bribón, al que basta con mirarle a la cara para ver que es un ladrón: cuando le preguntamos que por qué corrÃa como un loco, nos dijo que habÃa metido la mano en el bolsillo para coger un poco de tabaco y que en lugar de la tabaquera habÃa sacado un pedazo de la casaca del diablo, de la que salió una llama roja; por eso echó a correr con todas sus fuerzas.
—¡Eh, eh, eh! ¡Son dos pájaros del mismo nido! ¡Vamos a atarlos juntos!
Decidme, buenas gentes, ¿qué os he hecho?
¿Por qué me atormentáis? —decÃa el desdichado—. ¿Por qué os burláis de mà de ese modo?
