Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿QuĂ©, Gritsko, hemos hecho mal nuestro trabajo? —dijo el espigado gitano al joven, que avanzaba a buen paso—. ÂżSon mĂos ahora los bueyes?
—¡SĂ, sĂ! ¡Tuyos son!
No temas, madrecita, no temas.
Cálzate tus botas rojas
y pisotea
a tus enemigos para que resuenen tus espuelas
y tus enemigos se callen.
(CanciĂłn de boda).
Paraska, que se habĂa quedado sola en la casa, habĂa apoyado una mano en su bello mentĂłn y se habĂa sumido en profundos pensamientos. Muchos ensueños se arremolinaban en torno a su cabeza de cabellos castaños. De vez en cuando una leve sonrisa afloraba a sus labios encarnados y una sensaciĂłn de alegrĂa levantaba sus oscuras cejas; pero de pronto una nube de preocupaciĂłn las hacĂa bajar de nuevo sobre sus ojos oscuros. «¿Y si no se cumple lo que me dijo?» —susurraba con una expresiĂłn de duda. «¿Y si no nos casáramos? Y si… No, no, ¡eso no sucederá! Mi madrastra hace todo lo que se le antoja; Âżacaso no puedo yo hacer lo mismo? Terquedad no me va a faltar. ¡QuĂ© guapo es! ¡QuĂ© maravilloso es el brillo de sus ojos negros! Con quĂ© encanto dice: “¡Paraska, palomita mĂa!”. ¡Y quĂ© bien le queda la casaca blanca! SĂłlo le hace falta un cinturĂłn de un color más vivo…
