Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Un carro atestado de sacos, cáñamo, telas y toda suerte de cacharros, tirado por una pareja de fatigados bueyes, avanzaba a una cierta distancia de los otros; tras él iba su propietario, un hombre vestido con una camisa impecable de lienzo y unos pantalones bombachos del mismo material, llenos de manchas. Con mano perezosa, se secaba el sudor que perlaba su atezado rostro y goteaba incluso de sus largos bigotes, empolvados por ese implacable barbero que, sin que nadie lo llame, se ocupa de todo el mundo, tanto de la bella como de la bestia, y empolva desde hace miles de años, por las buenas o por las malas, a todo el género humano. A su lado caminaba una mula atada al carro, cuyo aspecto pacífico delataba su avanzada edad. Muchos de los que se cruzaban con ese carruaje, especialmente los muchachos jóvenes, se quitaban el sombrero al llegar a la altura de nuestro campesino. No obstante, no eran su bigote gris ni su severo porte los que suscitaban esos saludos; bastaba con levantar un poco los ojos para comprender la razón de esa deferencia: en el carro iba sentada su hija, una bella muchacha de rostro redondeado, cejas oscuras y arqueadas sobre los ojos castaños, labios rosados y descuidada sonrisa, cabellos adornados con cintas rojas y azules que, junto a las largas trenzas y un manojo de flores silvestres, formaban una rica corona sobre su maravillosa cara. Todo parecía interesarle; todo le resultaba nuevo y sorprendente… y sus hermosos ojos pasaban con premura de un objeto a otro. ¡Cómo no maravillarse! ¡Era la primera vez que iba a la feria! ¡Una muchacha de dieciocho años que va a la feria por primera vez en su vida!… Pero ninguno de los paseantes y transeúntes sabía lo que le había costado convencer a su padre, que de buena gana la habría llevado antes, de no haberse opuesto la malvada madrastra, tan hábil para manejar a su marido como éste para llevar las riendas de la vieja mula que, en recompensa a los muchos años de trabajo, era llevada a la feria para ser vendida. La infatigable esposa… Pero hemos olvidado decir que también ella iba sentada en lo alto del carro, vestida con una elegante chaqueta verde de lana sobre la cual había cosidas pequeñas colas de color rojo como si fueran de armiño; llevaba también una suntuosa falda con dibujo ajedrezado y una cofia de percal coloreada, que confería una prestancia singular a su rostro rojo y lleno, atravesado a veces por una expresión tan desagradable y hosca que todos se apresuraban a apartar la mirada sobresaltada para dirigirla sobre el alegre rostro de la hija.
