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Por lo general, a esa temprana hora el mercado apenas acababa de abrir, y las vendedoras de roscas, panecillos, pepitas de sandía y tortas de semillas de amapola se agarraban de los faldones de aquellos estudiantes que lucían trajes de paño fino o de cualquier tela de algodón.

—¡Señoritos! ¡Señoritos! ¡Aquí! ¡Aquí! —decían por todas partes—. ¡Mirad qué roscas, qué tortas, qué trenzas, qué pasteles! ¡Ah, qué buenos! ¡Están hechos con miel! ¡Yo misma los he preparado!

Otra, levantando un dulce de pasta en forma de lazo, gritaba:

—¡Mirad qué golosina! ¡Compradla, señores!

—No le compréis nada a ésa. Fijaos que pinta tan repugnante: tiene la nariz manchada y las manos sucias…

Pero las vendedoras no se atrevían a importunar a los filósofos y los teólogos, porque sabían que, aunque se servían a manos llenas, sólo querían probar la mercancía.


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