Vi

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Una vez en el seminario, todo ese tropel se distribuía por las distintas aulas, habilitadas en piezas espaciosas de techo bajo, con pequeñas ventanas, anchas puertas y bancos llenos de manchas. La clase se llenaba de pronto del zumbido de las distintas voces: los auditores[2] tomaban la lección a los alumnos. La voz aguda de un gramático retumbaba en los cristales de las pequeñas ventanas, que le respondían casi con idéntico timbre; en un rincón zumbaba la voz de bajo de un retórico, cuya boca y gruesos labios, al menos, le hacían digno de pertenecer a la filosofía; de lejos ese zumbido se percibía como un bu, bu, bu, bu… Mientras tomaban la lección, los auditores miraban de reojo debajo de los bancos, donde, del bolsillo de alguno de los estudiantes encomendados a su tutela, asomaba un panecillo, una empanadilla o pepitas de calabaza.









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