Sab
Sab —¡Teresa! —añadió bajando la voz que habÃa sido hasta entonces llena, sonora y clara, y que fue luego tomando gradualmente un acento más triste y sombrÃo—. ¡Teresa! ¡Entonces recordé también que era vástago de una raza envilecida! ¡Entonces recordé que era mulato y esclavo…! Entonces mi corazón abrasado de amor y de celos, palpitó también por primera vez de indignación, y maldije a la naturaleza que me condenó a una existencia de nulidad y oprobio; pero yo era injusto, Teresa, porque la naturaleza no ha sido menos nuestra madre que la vuestra. ¿Rehúsa el sol su luz a las regiones en que habita el negro salvaje? ¿Sécanse los arroyos para no apagar su sed? ¿No tienen para él conciertos las aves, ni perfumes las flores?… Pero la sociedad de los hombres no ha imitado la equidad de la madre común, que en vano les ha dicho: ¡Sois hermanos! ¡Imbécil sociedad, que nos ha reducido a la necesidad de aborrecerla, y fundar nuestra dicha en su total ruina!
Calló un momento, y Teresa vio brillar sus ojos con un fuego siniestro.
—¡Sab! —dijo entonces con trémula voz—; ¿me habrás llamado a este sitio para descubrirme algún proyecto de conjuración de los negros? ¿qué peligro nos amenaza? ¿Serás tú uno de los…?