Sab
Sab —¡Pobre mujer! —dijo él—, ¡vos también habéis padecido! Lo sé: los hombres al ver vuestro aspecto frÃo y vuestro rostro siempre sereno, han creÃdo que ocultabais un corazón insensible, y han dicho acaso: «¡qué feliz es!», pero yo, Teresa, yo os he hecho justicia; porque conozco que para ahogar el llanto y disfrazar bajo una frente serena el dolor que despedaza el corazón, es preciso haber sufrido mucho.
Siguió a estas palabras un nuevo intervalo de silencio y luego prosiguió.
—Bajo un cielo de fuego, con un corazón de fuego, y condenado a no ser jamás amado, he visto pasar muchos dÃas de mi estéril y triste juventud. En vano querÃa apartar a Carlota de mi imaginación, y apagar la llama insana que me consumÃa: en todas partes encontraba la misma imagen, a todas llevaba el mismo pensamiento. Si en las auroras de la primavera querÃa respirar el aire puro de los campos y despertar con toda la naturaleza a la luz primera de un nuevo dÃa, a Carlota veÃa en la aurora y en el campo: la brisa era su aliento, la luz su mirar, su sonrisa el cielo. De amor me hablaban las aves que cantaban en los bosques, de amor el arroyo que murmuraba a mis pies, y de amor el gran principio de vida que anima al universo.