Sab
Sab »¡Vientos abrasadores del Sur! ¡Cuando habéis acudido a mis desesperados clamores, trayendo en vuestras alas las tempestades del cielo, también vosotros me habéis visto salir a recibiros, y mezclar mis gritos a los bramidos del huracán y mis lágrimas a las aguas de la tormenta! ¡He implorado al rayo y le he atraído en vano sobre mi cabeza: junto a mí ha caído, tronchada por él, la altiva palma, reina de los campos, y ha quedado en pie el hijo del infortunio! ¡Y ha pasado la tempestad de la naturaleza y no ha pasado nunca la de su corazón!
—¡Oh Sab, pobre Sab! ¡cuánto has padecido!, —exclamó conmovida Teresa—, ¡cuán digno es de mejor suerte un corazón que sabe amar como el tuyo!