Sab

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—Deja estos países, déjalos —exclamó con energía Teresa—; ¡pobre joven!, busca otro cielo, otro clima, otra existencia…, busca también otro amor…; una esposa digna de tu corazón.

—¡Amor!, ¡esposa! —repitió tristemente Sab—, no, señora, no hay tampoco amor ni esposa para mí: ¿no os lo he dicho ya? Una maldición terrible pesa sobre mi existencia y está impresa en mi frente. Ninguna mujer puede amarme, ninguna querrá unir su suerte a la del pobre mulato, seguir sus pasos y consolar sus dolores.

Teresa se puso en pie. A la trémula luz de las estrellas pudo Sab ver brillar su frente altiva y pálida. El fuego del entusiasmo centelleaba en sus ojos y toda su figura tenía algo de inspirado. Estaba hermosa en aquel momento: hermosa en con aquella hermosura que proviene del alma, y que el alma conoce mejor que los ojos. Sab la miraba asombrado. Tendió ella sus dos manos hacia él y levantando los ojos al cielo:

—¡Yo! —exclamó—, yo soy esa mujer que me confío a ti; ambos somos huérfanos y desgraciados…, aislados estamos los dos sobre la tierra y necesitamos igualmente compasión, amor y felicidad. Déjame pues seguirte a remotos climas, al seno de los desiertos…, ¡yo seré tu amiga, tu compañera, tu hermana!


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