Sab
Sab Interrumpíase el esclavo no pudiendo ocultar la profunda emoción que a pesar suyo revelaba su voz. Mas hízose al momento señor de sí mismo; pasose la mano por la frente, sacudió ligeramente la cabeza, y añadió con más serenidad:
—Por mi propia elección fui algunos años calesero, luego quise dedicarme al campo, y hace dos que asisto en este ingenio.
El extranjero sonreía con malicia desde que Sab habló de la conferencia secreta que tuviera el difunto don Luis con su hermano, y cuando el mulato cesó de hablar le dijo:
—Es extraño que no seas libre, pues habiéndote querido tanto don Luis de B… parece natural te otorgase su padre la libertad, o te la diese posteriormente don Carlos.
—¡Mi libertad!… sin duda es cosa muy dulce la libertad… pero yo nací esclavo: era esclavo desde el vientre de mi madre, y ya…
—Estás acostumbrado a la esclavitud —interrumpió el extranjero, muy satisfecho con acabar de expresar el pensamiento que suponía al mulato.
No le contradijo éste; pero se sonrió con amargura, y añadió a media voz y como si se recrease con las palabras que profería lentamente: