Sab
Sab —Esto es un hecho —decía él hablando consigo mismo—, esa mujer me ha trastornado el juicio, y es una felicidad que mi padre sea inflexible, pues si tuviese yo libertad de seguir mis propias inspiraciones es muy probable que cometiera la locura de casarme con la hija de un criollo arruinado.
Y sin embargo de raciocinar de este modo, hallábase confuso y casi avergonzado al pensar que Carlota iba a conocerle por fin como un hombre interesado, y quizás a aborrecerle o despreciarle. ¿De qué modo podría él sustraerse de un compromiso tan público y solemne sin dar a conocer el motivo de su mudanza? ¿Y cómo dejar de aparecer a los ojos de su querida, de su querida tan generosa tan desinteresada sin el aspecto odioso que su codicia debía darle?
Agitado con estos pensamientos paseábase a orillas del mar la tarde del segundo día de su llegada a Guanaja, y buscaba de modo de decidirse a sí mismo a volver al siguiente a Puerto Príncipe.