Sab
Sab —Ya no existes —dijo con triste voz—, ya no existes, mi pobre amigo, has muerto, cumpliendo con tu deber, como yo moriré cumpliendo el mÃo. ¡Pero es terrible este deber!, ¡terrible! Mi corazón está reventado como tú, mi pobre amigo, pero tú no sufres ya y yo sufro todavÃa. ¡Esto es hecho! —añadió en seguida levantando su cabeza abatida y echando una mirada extraviada en torno suyo—, esto es hecho; ya no hay remedio… ¡No hay esperanza! ¡Algunas horas más y ella será suya! ¡Suya para siempre! ¡Para siempre! El cielo para él en esta vida, y para mà el infierno; porque el infierno está aquÃ, en mi corazón, y en mi cabeza.
Levantose y tendió su mirada en la extensión del mar que estaba delante de él. Entonces se estremeció todo, y como si quisiera apartar de sà un objeto importuno extendió las manos con fuerza, desviando los ojos al mismo tiempo. ¡La muerte! Era una terrible tentación para el desventurado, y aquel mar se abrÃa delante de él como para ofrecerle una tumba en sus abismos profundos. ¡Mucho debió costarle resistir a esta terrible invitación! Levantó al cielo su mirada y con ella parecÃa ofrecer a Dios aquel último sacrificio, con ella parecÃa decirle: «Yo acepté el cáliz que me has mandado apurar, y no quiero arrojarlo mientras tú no me lo pidas. Pero ya está vacÃo, rómpele Tú, Dios de justicia».