Sab
Sab —¡Un caballo! ¡Dadme un caballo en nombre del cielo! Buen hombre —exclamó Sab—, aún no estoy tan malo que no pueda andar siete leguas con el fresco de la noche, dadme un caballo.
—Si me pidierais una barca podrÃa serviros —respondió todavÃa sobrecogido el pescador—, pero un caballo, no le tengo. Sin embargo, aquà cerca vive el tÃo Juan, mi compadre, que podrá prestaros el suyo.
—Bien, llevadme donde está ese hombre.
El pescador presentó su brazo a Sab, que se apoyó en él porque estaba trémulo; echó una lenta mirada sobre el cadáver de su caballo y se dejó conducir por el pescador a la casa del tÃo Juan.