Sab

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¡Hela aquí! —murmuró fijando sus ojos en el retrato—. ¡Tan bella! ¡tan pura! ¡para él! ¡toda para él!…

Sus dedos crispados dejaron caer el brazalete y un momento después volvió a escribir. Pero claro que sus fuerzas se debilitaban rápidamente. Sin embargo escribió sin descanso más de una hora, interrumpiéndose únicamente para acercarse algunas veces a la cama de Luis y humedecer sus labios, como había hecho Martina. Ésta continuaba sumida en una especie de letargo y de vez en cuando se la veía agitarse y tender los brazos exclamando:

—Sab no tengo otro hijo que tú.

El mulato la escuchaba y su mano temblaba más en aquellos momentos: pero seguía escribiendo. La claridad del día penetraba ya por la ventana cuando concluyó su carta.

Puso dentro de ella el brazalete, cerróla, quiso rotularla, pero su mano no obedecía ya el impulso de su voluntad, y violentas convulsiones le asaltaron en el momento.

Hubo entonces un instante en el que el exceso de sus dolores le comunicó un vigor pasajero y probó a ponerse en pie por medio de un largo y penoso esfuerzo, pero volvió a caer como herido de una parálisis, y sus dientes rechinaron unos contra otros al apretarse convulsivamente.


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