Sab

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Carlota amaba a Teresa como a una hermana, y acostumbrada ya a la sequedad y reserva de su carácter, no se ofendió nunca de no ver correspondida dignamente su afectuosa amistad. Viva, ingenua e impresionable apenas podía comprender aquel carácter triste y profundo de Teresa, su energía en el sufrimiento y su constancia en la apatía. Carlota, aunque dotada de maravilloso talento, había concluido por creer, como todos, que su amiga era uno de aquellos seres buenos y pacíficos, fríos y apáticos, incapaces de crímenes como de grandes virtudes, y a los cuales no debe pedírseles más de aquello que dan, porque es escaso el tesoro de su corazón.

Inmóvil Teresa enfrente de su amiga estremeciose de repente con un movimiento convulsivo.

—Oigo —dijo— el galope de un caballo: sin duda es tu Enrique.

Levantó su linda cabeza Carlota de B… y un leve matiz de rosa se extendió por sus mejillas.

—En efecto —dijo—, oigo galopar; pero Enrique no debe llegar hasta mañana: mañana fue el día señalado para su vuelta de Guanaja. Sin embargo, puede haber querido anticiparlo… ¡Ah, sí, él es!… ya oigo su voz que saluda a papá. Teresa, tienes razón —añadió echando su brazo izquierdo al cuello de su prima mientras enjugaba con la otra la última lágrima que se deslizaba por su mejilla—; tienes razón en decirlo… ¡soy muy dichosa!


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