Sab
Sab Engañábanse empero los que juzgaban de este modo a D. Carlos. Ciertamente la pereza de su carácter, y el desaliento que en él producía cualquier golpe inesperado influían no poco en la aparente fortaleza con que se sometía desde luego a la desgracia, sin hacer un enérgico esfuerzo para contrarrestarla, pero amaba a sus hijos y había amado a su esposa con todo el calor y la ternura de un alma sensible aunque apática. Hubiera dado su vida por cada uno de aquellos objetos queridos, pero por la utilidad de estos mismos no hubiera podido imponerse el deber de una vida activa y agitada: oponíanse a ella su temperamento, su carácter y sus hábitos invencibles. Desprendiéndose con resignación y filosofía de un caudal, con el cual contaba para asegurar a sus hijos una fortuna brillante, no fue sin embargo insensible a este golpe. No se quejó a nadie, acaso por pereza, acaso por cierto orgullo compatible con la más perfecta bondad: pero el golpe hirió de lleno su corazón paternal. Alegrose entonces interiormente de tener asegurada la suerte de Carlota, y no vio en Enrique al hijo del buhonero sino al único heredero de una casa fuerte del país.