Sab
Sab Estos sÃntomas de tempestad, conocidos de todos los cubanos, fueron un motivo más para instar a Otway dilatase su partida hasta el dÃa siguiente por lo menos. Pero todo fue inútil y se manifestó resuelto a partir en el momento, antes que se declarase la tempestad. Dos esclavos recibieron la orden de traer su caballo, y D. Carlos le ofreció a Sab para que le acompañase. Estaba determinado con anterioridad que el mulato partiese al dÃa siguiente a la ciudad a ciertos asuntos de su amo, y haciéndole anticipar algunas horas su salida proporcionaba éste a su futuro yerno un compañero práctico en aquellos caminos. Agradeció Enrique esta atención y levantándose de la mesa, en la que acababan de servirles la merienda, según costumbre del paÃs en aquella época, se acercó a Carlota, que con los ojos fijos en el cielo parecÃa examinar con inquietud desde una ventana, los anuncios de la tempestad cada vez más próxima.
—A Dios, Carlota —le dijo tomando con cariño una de sus manos—, no serán quince los dÃas de nuestra separación, vendré para acompañarte a Cubitas.
—Sà —contestó ella—, te espero, Enrique… pero, ¡Dios mÃo! —añadió estremeciéndose y volviendo a dirigir al cielo los hermosos ojos, que por un momento fijara en su amante—. Enrique, la noche será horrorosa… la tempestad no tardará en estallar… ¿por qué te obstinas en partir? Si tú no temes hazlo por mÃ, por compasión de Carlota… Enrique, no te vayas.