Sab
Sab —¡Aquà está! —exclamó por fin con su horrible sonrisa—. ¡Aquà está! —repitió con acento sordo y profundo, que armonizaba de un modo horrendo con los bramidos del huracán—. ¡Sin sentido! ¡moribundo!… mañana llorarÃan a Enrique Otway muerto de una caÃda, vÃctima de su imprudencia… nadie podrÃa decir si esta cabeza habÃa sido despedazada por el golpe o si una mano enemiga habÃa terminado la obra. Nadie adivinarÃa si el decreto del cielo habÃa sido auxiliado por la mano de un mortal… la oscuridad es profunda y estamos solos… ¡solos él y yo en medio de la noche y de la tempestad!… Helo aquà a mis pies, sin voz, sin conocimiento, a este hombre aborrecido. Una voluntad le reducirÃa a la nada, y esa voluntad es la mÃa… ¡la mÃa, pobre esclavo de quien él no sospecha que tenga un alma superior a la suya… capaz de amar, capaz de aborrecer… un alma que supiera ser grande y virtuosa y que ahora puede ser criminal! ¡He aquà tendido a ese hombre que no debe levantarse más!
Crujieron sus dientes y con brazo vigoroso levantó en el aire, como a una ligera paja, el cuerpo esbelto y delicado del joven inglés.