Sab

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Al concluir estas palabras estremeciéronse los pitos, como si una mano robusta los hubiese sacudido y Carlota asustada salió del jardín y se encaminó precipitadamente hacia la casa.

Tocaba ya en el umbral de ella cuando oyó a su espalda una voz conocida que la daba los buenos días: volviose y vio a Sab.

—Te suponía ya andando para la ciudad —le dijo ella.

—Me ha parecido —respondió el joven con alguna turbación— que debía aguardar que se levantase su merced para preguntarla si tenía algo que ordenarme.

—Yo te lo agradezco, Sab, y voy ahora mismo a escribir a Enrique: vendré a darte mi carta dentro de un instante.

Entrose Carlota en la casa en la que dormían profundamente su padre, sus hermanitas y Teresa, y Sab la vio ocultarse a su vista exclamando con hondo y melancólico acento:

—¡Por qué no puedes realizar tus sueños de inocencia y de entusiasmo, ángel del cielo!… ¿por qué el que te puso sobre esta tierra de miseria y crimen no dio a ese hermoso extranjero el alma del mulato?


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