Sab
Sab —Tú eres el único ser en la tierra que quiera acariciar estas manos tostadas y ásperas: tú el único que no se avergüenza de amarme: lo mismo que yo naciste condenado a la servidumbre… pero ¡ay! Tu suerte es más dichosa que la mÃa, pobre animal; menos cruel contigo el destino no te ha sido el funesto privilegio del pensamiento. Nada te grita en tu interior que merecÃas más noble suerte, y sufres la tuya con resignación.
La dulce voz de Carlota le arrancó de sus sombrÃas ideas. Recibió la carta que le presentó la doncella, despidiose de ella respetuosamente y partió en su jaco llevando del cabestro el alazán de Enrique.
Ya se habÃa levantado toda la familia y Carlota se presentó para el desayuno. Nunca habÃa estado tan hermosa y amable: su alegrÃa puso de buen humor a todos, y la misma Teresa parecÃa menos frÃa y displicente que de costumbre. Asà se pasó aquel dÃa en agradables conversaciones y cortos paseos, y asà transcurrieron otros que duró la ausencia de Enrique.
Carlota empleaba una gran parte de ellos gozando anticipadamente con el pensamiento la satisfacción de hacer una divertida viajata con su amante. ¡Tal es el amor! Anhela un ilimitado porvenir pero no desprecia ni el momento más corto. Esperaba Carlota toda una vida de amor, y se embelesaba a la proximidad de algunos dÃas, como si fuesen los únicos en que debiera gozar la presencia de su amante.