Cuentos de Italia
Cuentos de Italia Bochornoso calor, silencio; la vida ha quedado inmóvil, cuajada en la luminosa calma del día; el cielo mira acariciador a la tierra, como un claro ojo azul en el que el sol es su ígnea pupila.
El mar, liso, parece forjado de metal azul; las barcas de los pescadores, de diversas tonalidades, permanecen quietas, igual que si estuvieran soldadas en el semicírculo del golfo, tan claro como el cielo. Vuela una gaviota, agitando perezosa las alas, y el agua refleja otro pájaro, más blanco y bello que el que está en el aire.
Se desvanecen las lejanías; allá, en la bruma, flota dulcemente o se funde, derretida por el sol, una isla lilácea -roca solitaria en medio del mar- como una gema de acariciadores destellos en el anillo del golfo de Nápoles.
La quebrada y pedregosa costa desciende hacia el mar, roda ella ensortijada y fastuosa con las obscuras hojas de las vides, de los naranjos, de los limoneros y las higueras; con la plata sin brillo del follaje de los olivos. A través del torrente de verdor que cae al mar por la escarpada orilla, sonríen afables las flores, doradas, rojas, blancas, mientras los frutos amarillos y anaranjados se asemejan a las estrellas en una de esas calurosas noches sin luna en que el cielo está obscuro y el aire saturado de humedad.