Cuentos de Italia
Cuentos de Italia De las madres se puede hablar eternamente.
Hacía ya varias semanas que la ciudad estaba rodeada de un estrecho cerco de enemigos, acorazados de hierro; por las noches encendían hogueras, y el fuego miraba desde las negras sombras a las murallas de la ciudad con multitud de ojos rojos que refulgían malignos, y aquel fulgor, siniestro y acechante, suscitaba en la ciudad sitiada sombríos pensamientos.
Desde las murallas se veía cómo se iba apretando el dogal del enemigo, se divisaban sus negras sombras, que surgían por un instante en torno al fuego; oíase el relinchar de los cebados caballos, el metálico fragor de las armas, las sonoras carcajadas y alegres canciones de unos hombres seguros de su victoria… ¿Y acaso hay algo más torturante que oír las risas y los cantos guerreros del adversario?
El enemigo había cegado con cadáveres todos los riachuelos que abastecían de agua la ciudad, prendido fuego a los viñedos alrededor de las murallas, pisoteado los campos, asolado los huertos: la ciudad estaba abierta por sus cuatro costados y, casi diariamente, los mosquetes y cañones del enemigo la sembraban de plomo y de hierro fundido.