Mis confesiones

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IX

LOS primeros días dé servicio claustral fueron muy penosos. El horno estaba en unos sótanos bajo el refectorio; el techo era abovedado y bajo; la única ventana existente no se podía abrir. El aire estaba enrarecido; la harina formaba una densa nube de polvo entre la cual Mikha se agitaba como un oso encadenado. Las llamas brillaban vagarosas en la boca del horno. Más que trabajo, aquello era una pesadilla. Regularmente, los dos trabajábamos solos, pues era muy raro el caso de que se sometiera a alguien a aquella prueba. No me quedaba tiempo para asistir a la misa. Mikba me enseñaba cada día algún nuevo precepto. Me producía el efecto de que me iba amarrando con una fuerte soga. En su pecho hervía una sorda cólera contra todas las cosas humanas. Tenía que tragarme sus sermones, y en mi fuero interno me sentía completamente cubierto de sebo.

—Para ti, los hombres han dejado de existir —argumentaba—. Ellos continúan engendrando el pecado en el mundo, mientras tú lo abandonas. Y puesto que corporalmente te has alejado de él, debes también abandonar su espíritu, debes relegarlo al olvido. Si piensas en el mundo, se te vendrá a las mientes, de un modo inevitable, la mujer; y es precisamente la mujer quien ha sumido al mundo en las tinieblas del pecado, encadenándolo para siempre.

A veces, apenas intentaba yo abrir la boca, cuando ya me estaba gritando:


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