Mis confesiones
Mis confesiones —¡Compraremos toallas de terciopelo para el señorito! Hace doscientos treinta y dos años que el convento fue fundado, y está esperando tus dádivas.
Me eché a reÃr.
—No lo digo por mÃ, sino por los que han de comer este pan.
Se me vino encima, erizado como un puercoespÃn y trémulo de coraje:
—¡Enjúgate con un saco, si tan delicado eres! Comunicaré tu insolencia al superior.
Aquel hombre me sorprendió de tal modo, que me era imposible enfadarme con él. Trabajaba sin darse punto de reposo, y levantaba sacos enormes con la misma facilidad que si fueran almohadas de pluma. Completamente empolvado de harina, lanzaba votos, refunfuñaba y me reprendÃa constantemente.
—¡Date prisa!
Y yo me la daba tan grande, que llegaba a sentir vértigo.