Mis confesiones
Mis confesiones —Y eso, ¿qué importa?
—¡Cómo! ¿Con los pies sucios?
Mikha vociferó:
—Pero ¿quién manda aquÃ, tú o yo?
TenÃa la boca ligeramente hendida, unos dientes grandes y unos brazos largos, que agitaba con ademán amenazador.
«¡El diablo te lleve!» —pensé.
Me pasé por los pies un trapo humedecido; monté sobre la artesa y comencé a pisar la masa. Por lo que a mi maestro respecta, iba de un lado a otro, gritando sin cesar:
—Te doblegaré, muchacho. Te enseñaré a ser sumiso.
Cuando hube acabado con la parte de la primera tina, la que habÃa en la otra estaba ya fermentada; la amasé igualmente y luego acometà al trigo candeal, que habÃa de trabajarse a mano. Aunque robusto, no estaba acostumbrado a las labores rudas. TenÃa harina por todas partes: en la nariz, en los ojos, en las orejas, en la: boca. Me habÃa vuelto sordo y ciego; gruesas gotas de sudor se deslizaban por mi cuerpo y caÃan en la masa.
—¿No hay trapos por ahÃ, para enjugarse? —preguntéle.
Mikha rezongó: