Mis confesiones

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XI

MARDARIO, el monje de estricta disciplina, se albergaba en un boquete abierto bajo el altar, junto a un muro de la iglesia. Antiguamente aquélla cavidad había servido de escondrijo; allí se amontonaban todos los tesoros del convento cuando aparecían bandidos. Estaba provisto de una comunicación, formada por un corredor subterráneo, que desembocaba bajo el altar. Tenía una bóveda de piedras recubiertas de gruesas tablas; en el techo había una reja cercada de barandales, por donde los peregrinos podían contemplar al asceta. En un rincón de esa celda había una escalera de caracol, cerrada en lo alto por una trampa. Aquella cueva era profunda; había que franquear doce peldaños; sólo un rayo de luz penetraba en aquel ambiente, y no llegaba al suelo: se desvanecía antes, absorbido por las húmedas tinieblas.

Era preciso mirar obstinadamente a través de la reja; antes, sólo se vislumbraba en el fondo de la oscuridad una cosa más negra aún, algo parecido a un amontonamiento o a una gran piedra: era el asceta, constantemente sentado, en la inmovilidad más absoluta.




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