Mis confesiones
Mis confesiones EN seis años de peregrinaje vi muchas gentes amargadas por los sufrimientos: son incapaces de ver otra cosa que el mal; sus almas son covachas de odio implacable. Ven el mal, y eso les complace como un baño de agua tibia; beben la hiel con el mismo deleite que un beodo el aguardiente; y ríen y exultan:
—Somos nosotros los que tenemos razón; el mal es universal, y el hombre no podrá jamás evitarlo.
Se reúnen en una desesperación sombría que los abrasa, y mancillan y deshonran la tierra de mil modos, como para castigarla por haberles dado el ser. Víctimas de su propia endeblez moral, se ven condenados a arrastrarse por las rutas de la existencia, hasta la hora de su muerte.
Erigen su dolor en divinidad, y se prosternan ante él, sin querer ver más que sus lacerías ni oír más que los propios lamentos.
Inspiran lástima, porque parecen dementes; pero son repulsivos, porque están prontos a escupiros su hiel a la cara. Si pudiesen, mancharían al mismo sol. Otros, despavoridos y aplastados por el dolor, enmudecen y ocultan su vida, se encogen y se vuelven tímidos, pero sin conseguir pasar inadvertidos a los ojos de los fuertes, que los emplean como arcilla para tapar las hendiduras de su vieja fortaleza.
